No logro recordar cual fue la primera película de Woody Allen que vi en mi vida, pero recuerdo nítidamente la primera vez que las imágenes dulzonas y la música increíble de Radio Days (1987) estallaron en mi tele. Fue un viernes por la noche a finales del noventa y nueve.
Por aquella época yo vivía en Azogues y era como vivir exiliado y solo: Stranger in a strange land, aunque la ciudad no me era nueva, yo era otro. En el cable un canal colombiano transmitía cada semana un programa llamado Cine Arte. Yo, religiosamente, me acomodaba en el sillón rojo sangre para verlo mientras me colocaba los audífonos para no perturbar el sueño mi madre. Por esa pantalla pasó, entre muchos, el clarinetista de jazz.
Inmediatamente la película expone su tono: la nostalgia contada con humor.
Una voz en off (la de Allen) describe sus años de niñez. New York City, principios de los 40´s. Son los años dorados de la radio norteamericana y supongo que de la del mundo entero. La televisión aún es un invento en desarrollo, un sombrero de mago sin conejo. Los grandes personajes, como el inolvidable Vengador Enmascarado o la ingenua Sally White, son seres sin rostro, son solo voces, voces que sacuden el imaginario de la gente.
La radio es un show universal y diverso. Sus ondas electromagnéticas traen anécdotas deportivas, revistas del corazón y cuentos marcianos. Nunca falta el flash informativo de última hora que anuncia ataques a Pearl Harbor y la inminente incursión en la segunda guerra mundial. El mundo empieza a ser otro y dentro de este contexto habita el pequeño Joe (versión infantil del narrador) y su familia, cuyos integrantes viven vidas triviales en las que los problemas y anhelos se repiten una y otra vez en círculos viciosos, cuya monotonía apenas se evapora con las notas que escupe la radio.
Ayer volví a ver esta película hermosa y su nostalgia me llevó a mis propios días de radio. Lejanos en tiempo y en distancia. También era niño, y aunque en mi cuarto y en mis rutinas ya reinaba la tele hitachi en blanco y negro, el resto de la casa era dominio de mi madre y su radio, sus boleros, sus tangos, sus josejosés y sus perales. Luego aprendí, como mucha gente en mi generación, a crecer con el walkman colgado en los oídos, con Mtv adormeciendo la espera, con el reproductor MP3 y el iTunes atorados con treinta mil canciones. La música de mi madre fue reemplazada por Soda y Los Prisioneros, por Guns y Nirvana, y al final mis días de radio se convirtieron en eso: un amor pasajero del cual el único vestigio que queda se aloja en mi memoria.
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