Esto es parte del pasado, pero en el pasado es donde descubro las semillas de mi presente, y a partir de este presente nace la era del dragón: el porvenir.
Como quisiera odiarte.
Despertar un día y comprender de pronto
que en medio del sueño aciago
la tristeza devino en rabia,
y que la pobre desilusión
ya sin querer se transformó en soberbia.
De todos modos esa rabia aún es
combustible etéreo que mueve al mundo,
mientras que del mustio no se acuerda nadie
y hasta los tristes de convicción
de placer
o de hastío
huyen sin reparo ante una nueva tristeza.
Después de todo dicen
que es corto el camino del amor al odio
y en el pueril trayecto es fácil
o por lo menos probable
encontrar un atajo que lleve al olvido,
olvido que desemboca
como dócil río,
en un nuevo
en un vasto océano por descubrir:
océano sin noches,
nuestra noche,
océano sin dudas,
tus pobres dudas.
Como quisiera que en el recuerdo
tu boca tus ojos
la curva de tu pelo
desaparezcan sin remordimientos
ni fatalidades
y en su reemplazo solo quede
una hoja en blanco
o un lienzo
en el que se dejen pintar detalladamente,
sin vísceras fauces ni comodidades,
otra boca que no calle
otros ojos que me miren
otro pelo que me guarde.
Como me gustaría entender por fin
que aprendiste a mentir en el camino.
Que tu ir y venir
que tu risa y tu llanto
no son signos de un amor en pugna o en extravío,
sino obscenos estigmas
del temor a ese destino
que bien sabrás ya enfrentar
sin mi mano en tu mano,
sin la torpe sombra
de mi afán en tu lecho,
y sin este súbito sueño de odio
que solo sabe atizar tu recuerdo.
Quito, diciembre 2006
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