viernes, 28 de mayo de 2010

Río

El río se piensa urgente

sin saber que solo espera.

El río, futuro mar,

futuro río por siempre.

miércoles, 19 de mayo de 2010

Imágenes Retro

En el verano de 1987, como cada fin de curso desde que tengo memoria, mi familia y yo viajamos a Quito para disfrutar de los dos mejores meses del año en casa de mis primos. A pesar del largo trayecto que debíamos recorrer era un viaje que yo deseaba siempre con todas mis fuerzas: supongo que esta ciudad me gustó desde pequeño, supongo también que ansiaba esa mínima libertad para jugar, ver tele y dormir un poquito más de la cuenta; pero sobre todo, creo que amaba pasar con mis primos haciendo las cosas de chicos grandes que ellos, por su edad, ya hacían.

En el verano de 1987 yo tenía 10 años.

Recuerdo que una de las cosas nuevas que llamó en seguida mi atención al llegar a la casa de mis primos, fue un recorte de revista que uno de ellos había pegado en la puerta de su cuarto. Era la foto de una banda. Su nombre, cuando me lo dijeron, me sonó a refresco y su look, entre glam y punk, me arrancó una carcajada que aún se recuerda en las reuniones familiares.

– Soda Stereo – repetí – y eso cómo se toma?

En seguida alguien le dio play a la casetera. Yo me quedé estático, sintiendo cómo esos extraños sonidos se alojaban en alguna parte de mi cerebro en el que no habían impresiones previas. La canción era Imágenes retro, lo recuerdo nítidamente, como si todo hubiese sucedido ayer o hace dos días: “Telarañas, sueño con telarañas que cuelgan de mí”. De pronto aquel nombre raro y ese look exótico dejaron de parecerme desconocidos y ajenos. Por el contrario, sentía que alguien había escrito esa canción para que yo, y sólo yo, pudiera por fin disfrutarla.

En el verano de 1987 mis primos y yo escuchamos Soda Stereo como si la música fuera un invento nuevo y maravilloso y ellos fueran sus únicos intérpretes.

Hacia fines de septiembre terminaron los días de vacaciones y yo regresé a mi casa siendo otro y llevando conmigo el tesoro de las primeras canciones de los Soda: Trátame suavemente, Sobredosis de TV, Juegos de seducción, Persiana americana, entre otras. Canciones que no paré de escuchar en los siguientes 20 años.

Pronto empecé a buscar aquellos sonidos en otras lenguas y en otras bandas, especialmente en aquellas en las que participé desde que inicié mi sueño de músico, y el abanico se fue extendiendo, se fue llenando de aromas, épocas y matices: desde Sinatra y los Beatles hasta el indie más postremo, desde Sabina y Almendra hasta el último de los Bengala. Y todo gracias a Charly Alberti, Zeta Bosio y Gustavo Cerati, tres tipos a los que, en algún momento, se les dio por ponerse un nombre que a mí me sonaba a refresco.

Hoy, aquel genio que inició todo esto, aquel que compuso Imágenes Retro para que yo pudiera escucharla, para que yo pudiera, a partir de aquella hebra, tejer mi propia telaraña, está peleando por su vida en una cama de hospital. Y yo, que no sé hacer otra cosa, he querido escribirle este mínimo homenaje. Y yo, que no puedo hacer otra cosa, he querido decir una plegaria pidiendo su pronta mejoría. Después de todo es lo menos que puedo hacer por el ser humano cuyo talento me tocó y trastocó para siempre en aquel verano de 1987.

Fuerza Gustavo!!.

sábado, 15 de mayo de 2010

Nubes

Cómo me gustaría deshacer tu tristeza,

desmantelarla, por ejemplo,

tragarme cada pieza mientras tú miras

y beberme el molde, si es que hace falta.

Igual,

yo,

ya estoy triste,

ya no me sorprende nada.


Cómo me gustaría romper con tus penas,

quizá hacerles un hueco en la garganta

hasta que se vuelvan de trapo

para poder cargarlas.

Igual,

yo puedo con ellas,

de tanto descubrirlas

y catalogarlas.

lunes, 3 de mayo de 2010

Palomero el Klauno

Siempre supe que volvería a verla. Después de todo, esta ciudad no es tan grande. Solo era cuestión de ubicarse en una esquina transitada y fijarse en los rostros que pasan. Y ahí está ella, en esa motoneta que ahora va hacia el norte por la Amazonas.

Creo que alcanzó a mirarme. Creo que, mientras pasaba, reía con mis acrobacias sin notar que era yo quien la esperaba detrás de esta peluca verde y esta nariz redonda.

Voy hacia el norte. Corro tras ella. La gente ríe cuando caigo, como si mi angustia también fuera parte del show.

miércoles, 28 de abril de 2010

The Road - Una mirada hacia dentro

Viernes por la noche. 21:00. Cinco días de trabajo asfixiante y rutinario me han quitado las ganas de salir. El cansancio se siente sobre todo en mi hombro derecho, en mis ojos. Solo quiero dormir. Dormir lo suficiente como para que el sábado llegue desprovisto de horarios y de trampas. Pero tengo tantas cosas que hacer. Cosas que siempre quiero hacer, aunque a veces no encuentro tiempo para hacerlas. Leo un rato: Juan García Madero se obsesiona con María Font en Los detectives salvajes. Al filo de la medianoche mi batería interna empieza a quedarse sin amperios. Dejo a un lado el libro y sin mucha convicción le doy play al reproductor de dvds.

The Road” empieza con la imagen de una mujer hermosa que pasea por un jardín lleno de colores amplificados por la claridad de una mañana nítida. Pero no tengo oportunidad de acomodarme y disfrutar de ese paisaje, de ese mínimo paraíso, porque antes incluso de terminar de apoyar la espalda en el cojín azul oscuro, el recuerdo de aquella mañana se evapora y el personaje (un hombre anónimo) vuelve a su realidad: planeta tierra, algún lugar del este de Norteamérica, año incierto (2012, 2020, quién sabe!), él y su pequeño hijo van gastando kilómetros de una carretera en busca del mar, a su alrededor la civilización, lo que entendemos por civilización, ha desaparecido para siempre tras el inminente holocausto nuclear.

Por contraste, el nuevo escenario me sacude. Los amarillos y naranjas y rojos del jardín inicial han sido reemplazados por grises, por ocres. Las hojas de malva, de un verde intenso, han devenido en bosques y sembríos quemados y muertos. Creo que el hombre también es otro: no sólo ha envejecido tristemente, también su interior es distinto, está roto, desdibujado, ha perdido a su mujer y sus prioridades, sus rutinas, se han transformado.

Sin disimulo, el sueño y el cansancio que habían invadido mis ojos y mi hombro derecho empiezan a convertirse en opresión, en una versión inédita del miedo. Yo mismo había imaginado un destino parecido para alguno de mis personajes, pero en la pantalla, los detalles que escapan a la imaginación van cerrando un círculo nefasto aunque posible.

Padre e hijo avanzan. Duermen en autos abandonados. Se esconden. Huyen. Sus fuerzas las invierten en conseguir alimento y en evitar convertirse en el alimento de otros, sin heroísmos, sin quebrantos. Huyen, sobre todo el hombre, de sus nostalgias.

Mientras caminan, mientras yo los veo caminar en busca de un mar que no es sino la forma azulada de una esperanza que apenas existe, hombre e hijo van profundizando sus paranoias y su desesperación, pero también sus lazos, su mutua dependencia: a través del padre, el hijo se forma, se adapta; a través de su hijo, el hombre se ancla a su consciencia, a los restos su humanidad.

Es inevitable. Muchas horas de insomnio me esperan. Quizás las suficientes para meditar en todas las cosas que esta historia me cuenta y en todas las cosas que además calla. Empiezo a suponer que valió la pena darle play al reproductor de dvds.

En el papel del hombre: Viggo Mortensen, impecable como siempre, o como casi siempre. En el papel de la esposa: simplemente Charlize Theron. El niño es representado por Kodi Smit-McPhee, un chico que, sin ser un prodigio, hace una labor muy buena, sobre todo al momento de dar pie a la actuación de Mortensen. El guión está escrito por Joe Penhall en base al libro también llamado “The Road” de Cormac McCarthy (No country for old men). La dirección de la película corre a cargo de John Hillcoat quien logra, a mi parecer, una obra sólida, emotiva y con mucho carácter. La fotografía esta dirigida por Javier Aguirresarobe (The others, Mar adentro) cuyo trabajo, junto al de Viggo Mortensen, son para mí los grandes pilares que sustentan y acreditan este film.

lunes, 28 de diciembre de 2009

El secreto de sus ojos

En la clase de Ética Profesional, Francisco Ursúa, entre otros cientos de temas, nos hablaba de cine. Con su voz lejana, distante en el tiempo y en el espacio, una voz que sabía más a sus recuerdos mexicanos que a sus hechos quiteños, nos apremiaba, o eso me pareció siempre, a reconocer las cosas buenas que deambulan por ahí sin ser encontradas. “Los clásicos son clásicos precisamente porque no les falta eso: clase

En rigor, que una obra cinematográfica tenga clase implica una suerte de milagro en el que es posible un guión serio (entiéndase por serio, sólido, coherente, creíble, trascendente, sorpresivo, universal aunque nazca de particulares vivencias, raramente simple, desprovisto de sobras y agujeros); una puesta en escena magistral en la que ritmo e interpretación confabulan misteriosamente, en la que cada elemento sonoro o visual, cada línea y cada expresión son congruentes con el todo; una estética que bajo ningún punto de vista se superpone a la belleza misma de la historia pero que tampoco se esconde ni desafina; y por último, la extraña, la casi inexistente capacidad de conmover sin artificios, de generar ideas, miedos, sensaciones, sin excesos.

A cada paso el cine (el arte en general) se va llenando de estos excesos. Supongo que cada vez es más difícil sorprender y por tanto gustar y por tanto vender. Y las historias que nos cuentan se van volviendo más enredadas y excéntricas, llenas de sobras y agujeros, con ritmos de vértigo e interpretaciones falsas. Lo llaman vanguardia. Y los clásicos se van convirtiendo en especies casi extintas. Pero a veces el milagro es posible.

El secreto de sus ojos es una película hermosa. Un clásico que se abre camino.

El vil asesinato de una bella mujer abre el drama y nos entrega sus personajes: Benjamín Esposito, un agente fiscal solitario y envuelto en el fracaso (Ricardo Darín), su perspicaz asistente alcohólico (Guillermo Francella) que bien podría entenderse como su Watson personal y la nueva jefa de ellos, la guapa Irene Menéndez (Soledad Villamil), quienes se vuelcan en la búsqueda del asesino impulsados por el devastado amor que descubren en el joven esposo de la víctima (Pablo Rago). El amor es uno de los dos motores que mueven al mundo. El amor en estado puro.

Y sí, la historia es simple pero no es obvia, y esa no obviedad atrapa. La historia no tiene excesos pero sorprende. La temática no es excéntrica pero conmueve. Y sí, cada parte, cada detalle de la película, cada sonido y cada encuadre trabajan en función del todo, como una buena obra arquitectónica en la que las formas, los colores, las texturas, los llenos y los vacíos, las luces y las sombras responden a una visión determinada y única.

El milagrero de esta cinta no es otro que Juan José Campanella quien ya dio muestras de su gran talento en El mismo amor, la misma lluvia (1999), El hijo de la novia (2001) y Luna de Avellaneda (2004), películas correctas que tenían que ser superadas, y lo fueron. Con El hijo de la novia, Campanella consiguió dos cosas, prestigio internacional suficiente como para dirigir capítulos de varias series gringas importantes y una nominación al Oscar por Mejor película extranjera que finalmente se llevó la bosnia En tierra de nadie, pero todo aquello tendría que ser superado. Ya veremos si sucede.

Siempre he pensado que las buenas películas te dejan una pequeña sensación de ansiedad. Necesitas volver a verlas para descubrir todos esos pequeños detalles que no consideraste la primera vez, ya sea porque eran tan sutiles que se perdieron en los decorados o en las líneas de los actores, o porque aún no lograbas entenderlos por no conocer el destino o el carácter de los personajes y el desenlace de la trama. Me ha pasado mucha veces y me volvió a pasar con El secreto de sus ojos. Así que, sin más, me voy a verla de nuevo. Ustedes pueden quedarse el tiempo que quieran.

domingo, 20 de diciembre de 2009

Días de radio

No logro recordar cual fue la primera película de Woody Allen que vi en mi vida, pero recuerdo nítidamente la primera vez que las imágenes dulzonas y la música increíble de Radio Days (1987) estallaron en mi tele. Fue un viernes por la noche a finales del noventa y nueve.

Por aquella época yo vivía en Azogues y era como vivir exiliado y solo: Stranger in a strange land, aunque la ciudad no me era nueva, yo era otro. En el cable un canal colombiano transmitía cada semana un programa llamado Cine Arte. Yo, religiosamente, me acomodaba en el sillón rojo sangre para verlo mientras me colocaba los audífonos para no perturbar el sueño mi madre. Por esa pantalla pasó, entre muchos, el clarinetista de jazz.

Inmediatamente la película expone su tono: la nostalgia contada con humor.

Una voz en off (la de Allen) describe sus años de niñez. New York City, principios de los 40´s. Son los años dorados de la radio norteamericana y supongo que de la del mundo entero. La televisión aún es un invento en desarrollo, un sombrero de mago sin conejo. Los grandes personajes, como el inolvidable Vengador Enmascarado o la ingenua Sally White, son seres sin rostro, son solo voces, voces que sacuden el imaginario de la gente.

La radio es un show universal y diverso. Sus ondas electromagnéticas traen anécdotas deportivas, revistas del corazón y cuentos marcianos. Nunca falta el flash informativo de última hora que anuncia ataques a Pearl Harbor y la inminente incursión en la segunda guerra mundial. El mundo empieza a ser otro y dentro de este contexto habita el pequeño Joe (versión infantil del narrador) y su familia, cuyos integrantes viven vidas triviales en las que los problemas y anhelos se repiten una y otra vez en círculos viciosos, cuya monotonía apenas se evapora con las notas que escupe la radio.

Ayer volví a ver esta película hermosa y su nostalgia me llevó a mis propios días de radio. Lejanos en tiempo y en distancia. También era niño, y aunque en mi cuarto y en mis rutinas ya reinaba la tele hitachi en blanco y negro, el resto de la casa era dominio de mi madre y su radio, sus boleros, sus tangos, sus josejosés y sus perales. Luego aprendí, como mucha gente en mi generación, a crecer con el walkman colgado en los oídos, con Mtv adormeciendo la espera, con el reproductor MP3 y el iTunes atorados con treinta mil canciones. La música de mi madre fue reemplazada por Soda y Los Prisioneros, por Guns y Nirvana, y al final mis días de radio se convirtieron en eso: un amor pasajero del cual el único vestigio que queda se aloja en mi memoria.

- Now it´s all gone. Except for the memories.